Isabel Vázquez Burgos
Médica de Familia, C.S. Numancia (DASE). Presidenta del sector AP de AMYTS
Es ampliamente conocido que para la administración sanitaria, altamente politizada, la imagen pública juega un papel crucial. En el pasado, hemos presenciado situaciones en las que candidatos políticos han utilizado fotos en supuestas inauguraciones de hospitales, posando frente a incubadoras prestadas con el fin de mejorar su imagen durante las campañas electorales. Es probable que también consideren una buena imagen el anunciar que se han cubierto todos los puestos de médicos, aunque las condiciones en las que estos profesionales trabajan no sean adecuadas para el ejercicio de su labor. Se espera que los médicos se las arreglen por sí mismos, asumiendo una carga adicional que no les correspondería.
El cansancio, como se ha demostrado, puede llevar a errores de atención, errores clínicos o diagnósticos incorrectos. La fatiga puede afectar la vigilancia, la coordinación motora, la atención, la concentración, el procesamiento de la información e incluso la motivación, lo que puede influir en la toma de decisiones y propiciar errores en el diagnóstico y tratamiento. Estudios han revelado que reducir las horas de guardia para los residentes de primer año ha disminuido la cantidad de errores y eventos adversos (1). Asimismo, la falta de sueño aumenta la tasa de errores clínicos (2), y los médicos experimentan un deterioro del rendimiento de entre 1,5 y 2 desviaciones estándar en comparación con el rendimiento óptimo en tareas clínicas y no clínicas (3). Además, existen evidencias de la fatiga en la toma de decisiones relacionada con la prescripción de antibióticos (4). Estos son solo algunos ejemplos de los factores que pueden surgir debido a largas jornadas de trabajo, y existen numerosos estudios al respecto. Pelayo Pedrero, del área de prevención de riesgos laborales de AMYTS, destaca la relación científica entre el trabajo nocturno y múltiples patologías, así como el empeoramiento de enfermedades preexistentes. La privación de sueño y las alteraciones del ritmo cardiaco, resultado de guardias de 24 horas, también pueden contribuir al desarrollo de problemas de salud mental. Numerosas investigaciones científicas han demostrado los efectos perjudiciales que las guardias médicas de 24 horas pueden tener en la salud de los profesionales.
Los conductores de servicios públicos, así como los pilotos, tienen restricciones en cuanto al número máximo de horas de trabajo continuo. Superar dichas limitaciones puede dar lugar a sanciones o incluso penas más severas en caso de incidentes. Los controladores aéreos deben descansar regularmente durante su actividad operativa. Sin embargo, parece que los médicos son inmunes al cansancio y no requieren una normativa que los proteja (a ellos mismos y a los pacientes), a pesar de la supuesta importancia que las autoridades sanitarias le dan a la seguridad del paciente.
A la luz de estos datos, es pertinente cuestionarse la seguridad y la salud tanto para los médicos que realizan estas jornadas intensas y estresantes, como para los pacientes y la calidad de la atención brindada. Además, las guardias son obligatorias, lo que significa que a lo largo de su vida laboral, un médico puede pasar más de 4 años, casi cinco en algunos casos, en el hospital, además de su jornada regular. Además, en caso de incapacidad temporal, estas guardias no son remuneradas, lo que supone una considerable disminución en el salario. Si a esto le sumamos el factor de la edad, la repercusión de todos estos factores aumenta significativamente.
Desde hace tiempo, sindicatos y organizaciones han estado solicitando una revisión exhaustiva del sistema de guardias, tanto en términos del número máximo de horas, tiempo de descanso, remuneración y sus efectos en la jubilación. Sorprendentemente, el gobierno central comienza por mencionar una medida que plantea dudas éticas, teniendo en cuenta la importancia que tanto el equipamiento como los recursos humanos desempeñan en la atención de urgencias. Estudios realizados con residentes han demostrado notables repercusiones del exceso de horas de trabajo continuo en la atención, concentración y capacidad de toma de decisiones, y es probable que el factor de la edad agrave todas las consecuencias del agotamiento.
Para un profesional médico, la responsabilidad de atender adecuadamente a un paciente, con todas sus capacidades y conocimientos alerta, es tanto una necesidad como una responsabilidad. La responsabilidad es inherente al puesto de trabajo. Desde el momento en que se acepta el cargo, se asume la obligación de brindar una atención de calidad, que será supervisada por el empleador, requerida por el usuario y autoexigida por el profesional. Todos los médicos somos conscientes de la inquietud que nos genera la posibilidad de cometer un error, de cuán alertas estamos para evitarlo y de las consecuencias emocionales y cuestionamientos a nuestra capacidad profesional que pueden surgir en caso de que, desafortunadamente, ocurra un error. La necesidad, ligada a la responsabilidad, reside en cada uno de nosotros, como una especie de lema interiorizado de la locución latina “primum non nocere”, atribuida a Hipócrates, que se traduce como “primero, sobre todo, ante todo, no hacer daño”. Es cierto que los médicos no necesitamos tener conocimiento explícito de esta advertencia. Esta máxima forma parte de nosotros. A partir de ahí, nuestro instinto y obligación nos llevan a procurar lo mejor para nuestros pacientes, empleando todos nuestros recursos y conocimientos.