la hemorragia y sus víctimas

La asimetría de la medicina en España: la hemorragia y sus víctimas

 

En la pandemia, España descubrió que tenía médicos. Lo descubrió porque los necesitaba desesperadamente, porque sin ellos el país se hundía.

Los balcones se llenaron de aplausos. Cada tarde, a las ocho, el país salía a aplaudir a «los héroes». Las redes se inundaron de agradecimiento. Los políticos elogiaban el sacrificio. Hubo quien propuso monumentos.

Los médicos, mientras tanto, trabajaban. Sin EPIs adecuados. Contagiándose. Viendo morir pacientes en pasillos. Sin ver a sus familias por miedo a contagiarlas. Algunos trabajaron hasta morir, víctimas de un virus que contrajeron cumpliendo su deber.

¿Y después? Nada. Los aplausos cesaron en cuanto cesó el miedo. Las promesas se diluyeron en cuanto la curva se aplanó. Los «héroes» volvieron a ser funcionarios. Las condiciones laborales siguieron exactamente igual. Los salarios siguieron igual. La falta de autoridad siguió igual.

Peor aún: los mismos ciudadanos que aplaudían a las ocho pasaron a agredir verbalmente a sanitarios en urgencias a las diez. Los médicos que durante la pandemia fueron ángeles salvadores volvieron a ser sospechosos habituales de negligencia.

La pandemia reveló una verdad incómoda: la sociedad española valora a sus médicos exactamente en la medida en que los necesita con urgencia. El reconocimiento es transaccional, no estructural.

Los aplausos de las ocho eran el símbolo perfecto de la hipocresía colectiva. Un gesto que no costaba nada, que permitía sentirse parte de algo sin compromiso. Aplaudir es gratis. Subir los salarios, no. Aplaudir es fácil. Reformar el sistema, no. Y cuando dejó de ser necesario sentirse parte de algo, se dejó de aplaudir.

La gratitud duró solo lo que duró el miedo. El maltrato estructural permanece, es para siempre.

La hemorragia silenciosa

Todo sistema que maltrata a sus profesionales acaba pagando en forma de deserción. La sanidad pública española experimenta una hemorragia de talento que, por silenciosa, no es menos grave.

El patrón es reconocible: un médico joven termina su residencia con ilusión intacta, dispuesto a sacrificar años de juventud en la forja de una competencia que pocos oficios exigen. Entra en el sistema público esperando respeto profesional, autonomía clínica, posibilidad de desarrollo. Encuentra un muro de burocracia, cuestionamiento constante, salario mediocre, contratos precarios, guardias que vulneran cualquier normativa, y la certeza de que si algo sale mal estará solo ante el juzgado.

El proceso de combustión es predecible. Frustración contenida. Cinismo defensivo. Medicina defensiva como supervivencia. Finalmente, la decisión: huir a la privada, huir al extranjero, o resignarse a la mediocridad.

Los que huyen a la privada descubren un mundo donde las reglas son más claras: se trabaja más intensamente pero se cobra en proporción, el criterio médico tiene peso real, la burocracia es menor. El quirófano rinde lo que debe rendir.

Los que huyen al extranjero descubren que su formación MIR tiene un valor de mercado que España se niega a reconocer. Salarios que duplican o triplican los españoles, condiciones que respetan la dignidad del profesional.

A unos y a otros se les acusa de haber perdido la vocación. De anteponer el dinero al servicio. Es una acusación tramposa. Lo que rechazan no es la vocación, sino su identificación perversa con el sacrificio ilimitado. La vocación entendida como disponibilidad permanente, renuncia sistemática a la vida personal y heroísmo sin fin no es vocación: es explotación disfrazada de mística.

Los que se quedan, salvo honrosas excepciones, se adaptan. Adaptan sus expectativas a la baja. Adaptan su implicación al mínimo exigible. Adaptan su práctica clínica al principio de «no meterse en líos». El sistema ha conseguido domar al profesional. A costa de castrar su excelencia.

La víctima silenciosa

En todo este debate hay un gran ausente: el paciente.

Cuando el médico pierde autoridad y capacidad de decisión, cuando se quema y pierde la iniciativa, quien más sufre no es el médico —que cobrará su sueldo igualmente— sino el enfermo. El que espera mientras se discute. El que se deteriora mientras se negocia. El que a veces muere mientras se tramita.

Cuando el quirófano rinde dos intervenciones en lugar de cinco, no es el cirujano quien padece la espera: es el paciente de la lista. Cuando el médico joven emigra a Alemania, no es él quien pierde: es el ciudadano que lo necesitaba.

Cuando la medicina defensiva sustituye a la medicina excelente, no es el médico quien recibe peor tratamiento: es el paciente, sometido a pruebas innecesarias o privado de tratamientos arriesgados pero óptimos. Cuando el profesional se quema y deja de importarle, no es él quien paga el precio final: es el enfermo que encuentra a un médico vacío donde esperaba encontrar a alguien que se implicara en ayudarlo.

aquí radica la perversión última del sistema: un médico agotado, quemado o resentido no es solo una injusticia laboral. Es un riesgo clínico. El paciente no necesita un mártir que lleva treinta horas sin dormir; necesita un profesional lúcido, descansado, capaz de tomar decisiones con la cabeza clara y que sienta que tiene la espalda cubierta. La seguridad clínica no es compatible con el heroísmo permanente.

La profecía cumplida

El sistema sanitario público español ha construido, con décadas de decisiones acumuladas, una máquina perfecta de desmotivar médicos.

Se ha igualado lo que no era igual. Se ha democratizado lo que no era democratizable. Se ha burocratizado lo que requería agilidad. Se ha precarizado lo que merecía estabilidad. Se ha empobrecido lo que debía recompensarse. Y se ha añadido el insulto final: convertir el salario digno en una excepción que debe ganarse mediante la autoexplotación.

«La mejor sanidad del mundo» es un espejismo sostenido con alambre y sacrificio. Funciona no gracias al sistema, sino a pesar de él. Funciona porque hay profesionales dispuestos a darlo todo por vocación, y un país dispuesto a recibir ese regalo sin dar nada a cambio excepto aplausos cuando el miedo aprieta.

La solución pasa por restaurar la coherencia entre responsabilidad y autoridad. Pasa por pagar a los profesionales lo que el mercado europeo demuestra que valen, con un salario base digno que no dependa de guardias. Pasa por entender que un hospital no es una asamblea de colectivos con intereses equivalentes, sino una organización orientada a un fin, un único fin —la curación— que exige una jerarquía funcional clara.

Pasa, en definitiva, por recordar una verdad incómoda que el igualitarismo ambiental ha convertido en herejía: en un hospital, no todos los profesionales son igualmente imprescindibles, y el que más sabe sobre cómo curar al paciente es el médico.

Mientras esto no se reconozca, la hemorragia continuará. Los aplausos volverán cuando vuelva el miedo, y se apagarán cuando el miedo pase. Y los que sangren, como siempre, serán los pacientes

Fuente: https://www.farodevigo.es/opinion/2026/01/04/asimetria-medicina-espana-hemorragia-victimas-125346466.html

 

 

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